- 04 de febrero de 2026
Jorge Romero es organillero de la CDMX desde hace diez años y busca preservar este oficio
En el corazón de la Ciudad de México, el sonido del organillo continúa siendo parte del paisaje urbano y de una tradición que se remonta a más de 150 años. Desde finales del siglo XIX, este instrumento llegó desde Europa y se convirtió en un símbolo cultural de las calles capitalinas.
Uno de los rostros que mantiene vivo este oficio es Jorge Romero, organillero que sale todos los días a trabajar en busca de propinas y de preservar una práctica que ha pasado de generación en generación.
“Me quedé sin trabajo y un amigo me enseñó hace diez años el oficio de ser cilindrero; me gusta mucho recorrer las calles con la música”, declaró Romero con orgullo en entrevista con Quinto Poder.
Un oficio marcado por la precariedad
Aunque muchos lo identifican como parte del Centro Histórico, el organillero sigue siendo un trabajador de calle. Actualmente, se estima que existen alrededor de 337 organilleros registrados oficialmente en la capital, aunque otros más ejercen de manera independiente.
“Lo quieren desaparecer pero este oficio es muy bonito; a mi me gustó este trabajo porque amo la música, me encanta bailar y cantar música de banda, mexicana”, dijo entre risas.
En años recientes, este oficio fue reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México, un paso importante para proteger una tradición emblemática que busca no desaparecer.
"Estamos haciendo que sobreviva este oficio"
Sin embargo, detrás de la postal turística también existe una realidad marcada por la precariedad: la mayoría depende únicamente de las aportaciones voluntarias de la gente, sin ingresos fijos ni acceso a seguridad social.
“Este aparato yo lo rento por semana, y al día se pagan 250 pesos; yo usualmente saco 200 o 300 pesos en este trabajo honrado durante unas ocho horas diarias”, detalló que a esta cantidad se suma lo de la renta, lo cual a veces le resulta complicado de sustentar, sobre todo en días difíciles y siempre dependiendo de las propinas de la gente.
Aun así, cada jornada de trabajo, como la de Jorge Romero, representa un esfuerzo por mantener viva una de las expresiones más tradicionales de la ciudad: “Esto estamos haciendo que sobreviva”.







