- 29 de noviembre de 2025
Aldair pasó de las fuerzas básicas del América a una condena de 17 años por robo, tras una lesión y un entorno que lo arrastró lejos de las canchas.

A los siete años, Aldair corría en una cancha de tierra en Santa Martha sin imaginar que, un día, llevaría el escudo del Club América en el pecho. Su talento aparecía de forma natural: desmarques intuitivos, potencia en el arranque y una zurda que sorprendía a entrenadores mucho mayores que él.
Su madre, convencida de que tenía algo especial, lo acompañó a torneos juveniles, buscó apoyos y lo inscribió en competencias donde comenzó a llamar la atención.
El niño que brilló en CU
En una copa juvenil, un visor universitario detectó su potencial. Esa oportunidad lo llevó a las fuerzas básicas de Ciudad Universitaria, un salto enorme para un niño que viajaba diario desde Iztapalapa. Con el tiempo, su crecimiento deportivo abrió otra puerta: la Segunda División del Club América. Para muchos jóvenes, llegar ahí es apenas un sueño; para él, parecía el inicio de una carrera prometedora.
Pero fuera de la cancha la realidad era otra. La familia enfrentaba una presión económica constante. Viajes, comidas, equipo, traslados… todo se acumulaba. Aunque recibía uniformes y apoyos básicos, sostener el ritmo de un futbolista en formación era cada vez más complicado. El peso de esos gastos empezaría a marcar su camino.

La lesión que lo dejó fuera
A los 17 años, cuando estaba instalado en la estructura del América y comenzaba a acercarse a oportunidades mayores, una lesión de rodilla frenó su ascenso. La caída en el rendimiento, cuenta Aldair, provocó que el club redujera el respaldo y que su nombre dejara de aparecer entre los proyectos prioritarios. En cuestión de meses pasó de ser una promesa a un jugador en pausa.
Esa pausa se convirtió en un punto de quiebre. Al quedar fuera de las canchas, comenzó a pasar más tiempo en su colonia, donde un grupo de amigos lo llevó a fiestas, consumo de marihuana, alcohol y otras sustancias. Él mismo admite que, al alejarse del futbol, su entorno cambió por completo.
Mientras convivía con compañeros que tenían estabilidad económica, también pasaba tardes largas con jóvenes de su comunidad que lo empujaron hacia decisiones que hoy reconoce como equivocadas.
El descenso a los excesos
Aldair relata que esa mezcla de frustración deportiva, presión económica y nuevas amistades lo llevó a un espiral que no supo detener. Las fiestas se volvieron frecuentes. Las drogas, parte del ambiente. Y, poco a poco, empezó a involucrarse en pequeños robos en tiendas de barrio. Nunca lo oculta: lo hizo, asegura, en un intento por encajar en un grupo que terminó alejándolo de su vida anterior.
Pero también sostiene algo más: que el delito por el que finalmente fue detenido, y que hoy lo mantiene tras las rejas, no lo cometió.

Un proceso que marcó su destino
La detención llegó cuando ya estaba lejos de las canchas, lejos de las visorías y de cualquier intento por regresar al futbol profesional. Su nombre comenzó a circular no por un gol, sino por un robo. El juicio avanzó y, pese a su versión, terminó condenado a 17 años de prisión.
Para quienes lo vieron crecer entre balones y entrenamientos, la caída fue abrupta y dolorosa. El niño que prometía brillar en el América terminó hundido en un entorno que lo envolvió con la misma fuerza con la que alguna vez lo impulsó el futbol.
Hoy, Aldair cumple su sentencia mientras repasa la larga lista de decisiones que, una a una, lo alejaron del camino que imaginaba. Habla con claridad de sus errores, de la lesión que lo quebró y del ambiente que lo arrastró. Su historia quedó dividida entre los días en los que soñaba con un debut profesional y las consecuencias de una espiral que nunca supo frenar.
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