- 13 de abril de 2026
Los menores que son criados con violencia, gritos, malas palabras y castigos tienen la corteza prefrontal más pequeña, afirma estudio de la Universidad de Montreal.

La ciencia ha vuelto a respaldar lo que los expertos llevan años calificando como erróneo: gritar, castigar, golpear o cualquier tipo de violencia hacia los hijos no tiene ningún beneficio en su educación y por el contrario podrían perjudicar su crecimiento y desarrollo.
A esta conclusión ha llegado un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Montreal, quienes determinaron que la crianza agresiva, es decir, la que se basa en golpes, castigos, gritos o cualquier otro tipo de violencia ejercida hacia los hijos, puede reducir el tamaño de su cerebro.
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¿Qué dice el estudio?
De acuerdo con la investigación, publicada por la Revista Development and Psychopathology, los niños que son criados con violencia, castigos y gritos tienen la corteza prefrontal y amígdalas más pequeñas en comparación con aquellos niños que son criados bajo una crianza positiva y respetuosa.
Según los expertos, esta reducción afecta seriamente el desarrollo social y emocional de los niños y a largo plazo podría predisponerlos a padecer ansiedad y depresión en la adolescencia o vida adulta.
"Las implicaciones van más allá de los cambios del cerebro. Creo que lo importante es que los padres y la sociedad comprendan que el uso frecuente de prácticas parentales severas pueden dañar el desarrollo de un niño", afirmó Sabrina Suffren, autora principal de la investigación.
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¿Cómo se llevó a cabo?
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores monitorearon el cerebro de un grupo de niños nacidos entre 2005 y 2009, por medio de resonancias magnéticas anatómicas.
Además, se llevó control de las prácticas de crianza y los niveles de ansiedad de esos pequeños desde los 2 a los 9 años. Estos datos se utilizaron para dividir a los niños en grupos según sus exposición (baja o alta) a prácticas severas de educación.
Después, los dividieron en grupo y aquellos que habían recibido gritos, castigos o otras prácticas de crianza severa en la infancia, volvieron a someterse a una monitorización de su cerebro entre los 12 y 16 años.
Llegando así a la conclusión de que la dura educación recibida por estos niños fue evidente especialmente en los que padecieron conductos más semejantes al maltrato
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