- 14 de febrero de 2026
A propósito del estreno de una nueva entrega, revisamos cómo Scream reinventó el cine slasher con humor, reglas propias y un asesino más realista que cambió el terror para siempre.

A propósito del próximo estreno de la sépitima película de la saga, vale la pena mirar hacia atrás y entender por qué Scream no solo fue un éxito comercial en los noventa, sino un punto de quiebre definitivo para el cine slasher. Lo que comenzó como una aparente historia más de adolescentes perseguidos por un asesino enmascarado terminó convirtiéndose en una reinvención del género.

Antes de Scream: un slasher agotado
A principios de los noventa, el cine slasher atravesaba un momento complicado. Tras el boom de los años 70 y 80 con franquicias como Halloween, Friday the 13th y A Nightmare on Elm Street, el género parecía repetirse sin demasiadas sorpresas.
Las historias se habían vuelto predecibles: jóvenes en peligro, asesinos silenciosos, finales con la "final girl" sobreviviendo. El público ya conocía las reglas y, en consecuencia, la tensión comenzaba a diluirse. El slasher necesitaba reinventarse o desaparecer.
Ahí fue donde entró Scream.
Estrenada en 1996 y dirigida por Wes Craven, Scream llegó con una propuesta que parecía simple, pero que resultó revolucionaria: hacer una película de terror que supiera que era una película de terror.
El guion de Kevin Williamson introdujo un elemento metanarrativo poco común en el género. Los personajes conocían las reglas del cine slasher, hablaban de ellas e incluso intentaban sobrevivir aplicándolas. Esta autoconsciencia convirtió a la cinta en una experiencia doble: era terrorífica, pero también una reflexión sobre el propio terror.
De pronto, el espectador no solo temía al asesino Ghostface, sino que también se veía reflejado en personajes que consumían las mismas películas que él.

Las reglas del terror... y cómo romperlas
Uno de los momentos más icónicos de Scream es cuando los personajes explican las "reglas" para sobrevivir a una película de terror: no decir "vuelvo enseguida", no consumir alcohol o drogas y nunca tener relaciones.
Sin embargo, la película jugó constantemente a romper esas mismas normas. Personajes que parecían protagonistas morían de forma inesperada, y las estructuras clásicas del slasher se subvertían una y otra vez. Esto devolvió al género algo que había perdido: la sorpresa y el misterio. El público volvió a sentir que cualquier cosa podía pasar.
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A esto se sumaba otro elemento que hizo que Scream se sintiera distinta: su asesino no era una entidad sobrenatural ni un monstruo invencible como Michael Myers o Jason Voorhees. Detrás de la máscara de Ghostface había personas comunes, fanáticos del cine de terror capaces de llevar su obsesión al extremo.
Este enfoque le dio a la película un tono más realista. El horror no provenía de una fuerza imposible de detener, sino de la idea de que cualquiera podía ser el asesino.

Un nuevo modelo para el terror moderno
El impacto de Scream fue inmediato. No solo revitalizó el slasher, sino que influyó en toda una generación de películas de terror de finales de los noventa y principios de los 2000.
Producciones como I Know What You Did Last Summer, Urban Legend y muchas otras adoptaron el tono autoconsciente y el enfoque juvenil que popularizó la franquicia. Además, demostró que el terror podía ser inteligente, irónico y comercial al mismo tiempo.
La figura de Ghostface también se consolidó como uno de los íconos modernos del horror: un asesino que no es una entidad sobrenatural invencible, sino una identidad que cualquiera puede asumir.
El próximo estreno de la saga vuelve a poner en el centro la pregunta que la primera película planteó hace casi 30 años: ¿cómo sorprender a un público que cree conocer todas las reglas del terror?
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