El silenciamiento y la condescendencia en el aula también son violencia machista.

El silenciamiento y la condescendencia en el aula también son violencia machista.
El silenciamiento y la condescendencia en el aula también son violencia machista. Créditos: IA.

El silenciamiento y la condescendencia en el aula también son violencia machista. A partir de una vivencia como estudiante de doctorado, este artículo visibiliza cómo la academia reduce la violencia machista a lo físico o sexual e impone una falsa "neutralidad". Nombrar el machismo es clave para sostener una verdadera perspectiva crítica de género en la investigación y la docencia.

En 2020, justo antes del confinamiento por la pandemia, yo cursaba el doctorado en investigación educativa. En vísperas del 8M (Día Internacional de la Mujer) en el marco de un seminario de educación intercultural, varias compañeras empezamos a compartir cómo nos sentíamos en clase: los compañeros hombres acaparaban la palabra de forma desmedida y desestimaban continuamente nuestras aportaciones. 

En alguna ocasión una estudiante de maestría que estaba en nuestro seminario preguntó la diferencia entre identidad y cultura. Me pareció una pregunta por demás relevante para nuestro campo. Antes de que la docente pudiera siquiera responder, uno de mis compañeros del doctorado intervino para decir que esa cuestión no estaba a la "altura" de la conversación, que era importante hacer preguntas más complejas, pues estábamos "generando conocimiento relevante en la academia".

En otro momento del seminario en el que hablábamos de cómo la persona investigadora tiene "poder", durante la generación e interpretación de datos, sobre aquellas personas que son "investigadas", yo sugerí que ya no estábamos haciendo etnografía del tipo de Malinowski y que ingresar al campo siendo mujer podía llegar a ser muy complejo. Yo –y casi todas mis colegas– me he encontrado en la situación de que para poder tener acceso a ciertos espacios o personas durante mi trabajo de campo, alguna autoridad hombre ha condicionado mi acceso a la aceptación de sus insinuaciones o a invitaciones a citas con intenciones no profesionales. 

La "neutralidad" que suele asumirse en la investigación se rompe cuando ser mujer implica negociar constantemente la propia seguridad y límites frente al acoso y a otras muchas formas de violencia machista. Estas dinámicas –que raramente por aquel tiempo se nombraban en los manuales metodológicos– impactan de forma directa la generación de conocimiento que las mujeres hacemos. 

Mis compañeras de seminario secundaron esta idea y compartieron sus propias experiencias. Nuevamente, el mismo compañero intervino para decir, de una forma totalmente insensible, que ese tipo de conversaciones debían darse "en el café, saliendo del seminario o en el bar" porque "estaban en el nivel de la anécdota", pero no en una aula. Ninguno de los otros hombres dijo nada. Con su silencio, claro está, apoyaron a su compañero.

Empezamos compartiendo cómo nos sentíamos en los pasillos a manera de anécdota, sin embargo el sentir era similar en todas. Entonces, se nos ocurrió, en colaboración con una de las académicas que conducía el seminario, realizar un performance en el que "imitaríamos" las conductas machistas de nuestros compañeros porque nos parecía un ejercicio saludable reflexionar colectivamente el machismo. Asumiríamos el rol de hombres vistiendo traje: una haría de profesora y las demás de estudiantes. Acapararíamos la palabra, responderíamos solo entre nosotras por considerar únicamente válidos nuestros aportes e ignoraríamos a los compañeros bajo el pretexto de que sus dudas "no estaban a la altura" o pertenecían solo al "nivel de la experiencia".

A la compañera, cuya pregunta sobre la diferencia entre identidad y cultura había sido rechazada por la mirada masculina, le pareció "excesivo" el performance y se lo contó a un profesor, asesor de nuestro compañero más despectivo. El académico puso el grito en el cielo y, un día antes del acto, nos convocó a una "conciliación". Allí, el compañero que más nos demeritaba llegó gritando "¡Yo nunca he acosado a nadie y todos mis encuentros sexuales han sido consensuados!". Nosotras nos miramos atónitas: su declaración de "inocencia" no tenía relación con el performance. Entonces supimos el rumor de pasillo: que las estudiantes, incitadas por la Dra..., los denunciaríamos por violencia machista por ser "feministas radicales".

El día de la reunión, nuestros compañeros pasaron a convertirse, según la narrativa de todas las demás personas del instituto, en víctimas de un grupo de estudiantes supuestamente enojadas y con todo el ánimo de agredirlos. Por más que explicamos nuestra intención y que la violencia machista no es sólo agresión sexual, sino que abarca todas las formas en que se subestima y margina a una mujer, nuestro compañero más misógino exigía pruebas de que en algún momento él había acosado sexualmente a alguien. Según él, estábamos haciendo una denuncia falsa en su contra. 

Nada más lejos que eso. En algún punto, ya un tanto desesperadas, dado que más bien las acusaciones falsas se cernían sobre nosotras y parecíamos estar frente a un jurado a punto de arrojarnos a la hoguera, levanté la voz para preguntarle a nuestros compañeros por qué no tenían la capacidad de entender que violencia machista es también demeritar el sentir y el pensamiento de sus colegas mujeres y si acaso esa incapacidad de comprensión y empatía confirmaba lo machistas (y misóginos, palabra que no dije en voz alta) que eran. El silencio se hizo y entonces el compañero más despectivo volvió a gritar: "yo nunca he acosado sexualmente a nadie" y salió del aula, azotando la puerta. 

No se llevó a cabo el performance y cada estudiante fue convocada por su asesor para desistir de algún intento de hacer algo respecto. Las frases que decían eran del tipo "tú vienes a estudiar, no hacer alboroto". El asesor del compañero misógino dijo que su estudiante "era brillante" porque había leído mucho y nadie tenía el derecho de cuestionar "aspectos relacionados con su personalidad". Los demás compañeros, aunque dijeron apoyarnos, tampoco expresaron su sentir, ni siquiera desmintieron que nosotras hubiéramos realizado un acoso sexual. 

IA.
El silenciamiento y la condescendencia en el aula también son violencia machista.  Créditos: IA.

Me dolió mucho que se pensara que nosotras transgredimos algo –negativamente– con la sola idea de pensar en organizarnos. Denunciar el machismo no es un acto de odio, sino de justicia, e incluso de amor hacia la sociedad que buscamos construir. Sobre la compañera que se desembarcó de nosotras entendí que estaba temerosa. No la juzgué. Pero sí fue la primera vez que la academia decepcionó la expectativa ética que yo había depositado en ella. 

Esta experiencia me hizo darme cuenta de la profunda ceguera que reduce la violencia machista a la agresión sexual o física explícita, y que lamentablemente continua presente en las aulas. Se ignora que el silenciamiento, el acaparamiento de la palabra, la descalificación intelectual y la condescendencia constituyen formas de violencia. Esta ceguera no es exclusiva de la academia. En las noticias se muestran a diario casos en la política, el deporte y el mundo corporativo en los que, cuando una mujer señala descalificación o discriminación, la respuesta social y/o institucional es exigir pruebas de violencia física o catalogarla de "exagerada". Si no hay un golpe o una agresión sexual, el patriarcado insiste en que no hay violencia.

Asimismo, advertí que la violencia patriarcal en la academia no solo opera mediante la descalificación masculina, sino imponiendo una falsa "neutralidad de género" que exige callar tratos diferenciados. Pero, nombrar el machismo en voz alta me llevó a reforzar –a mí y a varias de mis compañeras, incluida la académica que nos acompañó y cobijó, y quién también fue amedrentada– la certeza de que el conocimiento sin perspectiva crítica de género es solo una forma pulida de complicidad. 

Abordar la academia desde esta perspectiva no es añadir un "tema más" ni una moda metodológica; constituye una necesidad epistémica y ética. Significa cuestionar quién tiene el poder de nombrar la realidad, qué experiencias se consideran "conocimiento" y cuáles se desechan. 

Hoy, al estar yo al frente de un aula, sostengo que formar con perspectiva de género, por más escozor o resistencia que cause en la estructura, es el único camino para construir un conocimiento que verdaderamente propicie equidad y justicia

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Fabiola Itzel Cabrera García * Integrante de MUxED. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, maestra y doctora en Investigación Educativa por la Universidad Veracruzana. Especialista en educación rural y ecofeminista. Sus temas de trabajo son los procesos educativos en contextos rurales y las posibilidades de transformación social que favorecen el pensamiento y acción ecofeminista y la pedagogía para la liberación social.

Correo:  [email protected]

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