Por Verónica Ayala

Junto con su hermano y su madre, Daniela tuvo la oportunidad de ver y de hablar con su papá por última vez, a través de una videollamada, en pleno Día del Padre, cuatro días antes de que les avisaran que había fallecido.

A principios de junio, su padre ingresó a un hospital privado por complicaciones derivadas de la diabetes, que le detectaron a raíz de un accidente automovilístico que había sufrido unos días antes.

Ahí, tras notar que sus niveles de oxígeno estaban muy bajos, le realizaron una prueba y confirmaron su peor temor: estaba contagiado de Covid-19.

No había experimentado en ningún momento síntomas graves, según recuerda su familia, salvo por cansancio y una especie de gripe que había tenido.

Tras ser diagnosticado empezó el calvario para la familia. Primero, para encontrar un hospital a donde trasladarlo para ser atendido y tramitar su ingreso.

Ahí observaron de lejos cómo era trasladado en una de las cápsulas de aislamiento que utilizan para los pacientes que dan positivo a la prueba, sin saber que ya no lo tendrían cerca nunca más.

Las tres semanas siguientes en las que estuvo hospitalizado en una Clínica del IMSS fueron las más difíciles para su familia.

La plataforma a la que debían ingresar para estar al tanto de su estado de salud no funcionaba y la poca información, que recibían a través de fríos reportes que les leía telefónicamente alguna orientadora, no siempre llegaba.

Había días que se les hacían eternos esperando noticias sobre la salud de su padre y otros en los que simplemente no les llamaban.

“El dormirte sin saber nada es horrible. Me dormía y me levantaba con el teléfono en la mano”, recuerda Daniela. “Contestaba con miedo cada vez que recibía una llamada. Mi corazón se alteraba cada vez que sonaba mi teléfono.

“Fue un martirio”, resume llorando.

Cuando Daniela cumplió años, mientras su padre permanecía hospitalizado, fue a llevarle una carta que le escribió y una foto familiar, que dejó con personal de la clínica, esperando que llegaran a sus manos.

En los peores momentos de incertidumbre para ella y su familia, tuvieron la suerte de contactar, a través de un amigo, a una doctora que atendía Covid en esa clínica y fue gracias a ella que pudieron tener algo de comunicación con su papá durante esas semanas.

Algunos días, cuando coincidía en su piso, pasaba a visitarlo y les informaba sobre cómo se encontraba. Les llegó a mandar un par de audios de él, antes de que empezara a tener mayores dificultades para hablar, y fue a través de ella que en dos ocasiones hicieron videollamadas, la última de ellas el 21 de junio.

“Fue bien poquito, ya no podía hablar, batallaba para respirar”, señala.

Al día siguiente no les hablaron. La falta de información puntual sobre el estado de salud de su papa continuó hasta el final. Lo último que les informaron, tres días después, fue que debían intubarlo, para lo que requerían ir a firmar una autorización.

Fue esa misma noche cuando se enteraron, por un conocido que tenía contactos ahí, que ya había fallecido. Las redes sociales de su familia se llenaron de condolencias, antes de que horas después recibieran la llamada oficial de confirmación por parte del hospital.

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Al día siguiente, los trámites para el acta de defunción y la difícil tarea para su hermano de ir a reconocerlo, al menos para tener mayor certeza.

Las dificultades no cesaron tras la muerte de quien fuera la cabeza de esta familia, pues en medio de la tramitología por su fallecimiento se enfrentaron ahora a obstáculos para poder velarlo.

Aunque contaban con un paquete funerario previamente contratado, en el lugar se negaron a recibir a su padre por haber muerto de Covid, y tuvieron que recurrir a otra funeraria y pagar por un nuevo servicio que les permitió velar sus cenizas durante tres horas.

Y así fue la abrupta despedida, con un puñado de familiares y amigos cercanos que no podían ni siquiera abrazarse.

Como la de Daniela, hoy hay decenas de miles de familias destruidas por haber perdido a un ser querido en estas condiciones.

“No se lo deseo a nadie, fue una pesadilla lo que vivimos”, expresó. “Y la impotencia no sólo de estar lejos, de no verlo y no saber muchas veces de él, sino de no poder hacer nada”.