Reporte Mueller: más intriga y detalle


Por: Valentina Romo

Cuando el presidente Donald Trump supo que Robert Mueller había sido designado para investigar los vínculos de su campaña con el ataque de Rusia a las elecciones de 2016, respondió con enojo y lenguaje gráfico, según el informe del abogado especial Mueller publicado la semana pasada.

El entonces fiscal general, Jeff Sessions, le dijo al presidente sobre su decisión de nombrar a Mueller en mayo de 2017. Trump respondió: “Oh, Dios mío. Esto es terrible. Este es el final de mi presidencia. Estoy jodido”, informa Mueller, citando notas del jefe de Personal de Sessions.

Ni conspiración ni coordinación

Tal parece que el libro más esperado de la literatura estadounidense finalmente se hizo público, aunque faltan algunos episodios, lo que lo vuelve más apasionante. El informe de Robert Mueller se ha descargado casi 100,000 veces. El interés en un informe del gobierno de más de 400 páginas es comprensible.

Mueller pasó casi dos años investigando los vínculos entre el gobierno ruso y la campaña del presidente Donald Trump. El mes pasado, el fiscal general, William Barr, publicó un resumen de cuatro páginas, y afirmó que el informe no establecía que nadie involucrado en la campaña de Trump “conspiró o coordinó con Rusia” para interferir en las elecciones. Trump hizo de ese resumen una bandera. Sin colusión, sin obstrucciones, fue una “completa y total exoneración”, tuiteó. Aunque el informe completo ofrece un cuadro diferente.

Las primeras 170 páginas se refieren a Rusia. Y exponen el alcance de la operación de la influencia de Rusia. El informe relata que personal de la Agencia de Investigación de Internet (IRA), destacados en San Petersburgo, se hicieron pasar por estadounidenses en las redes sociales y destacaron posiciones divisivas en ambos extremos del espectro político, desde hacer creer que eran partidarios de Trump o del movimiento Black Lives Matter.

El gobierno ruso y la campaña de Trump trabajaban por el mismo propósito, y cada uno esperaba que el otro lo ayudara. Pero como señaló Barr, tanto en su resumen escrito como en la conferencia de prensa, el equipo de Mueller no estableció que alguien de la campaña de Trump haya conspirado o coordinado con Rusia en esos esfuerzos. Así es como lo relató el equipo de Mueller:

“Aunque la investigación estableció que el gobierno ruso percibió que se beneficiaría de la presidencia de Trump y trabajó para asegurar ese resultado, y que la campaña esperaba que se beneficiaría electoralmente de la información robada a través de los esfuerzos rusos, la investigación no estableció que miembros del equipo de Trump conspiraron o coordinaron actividades con el gobierno ruso para interferir en actividades electorales”.

Ni acusado ni exonerado

Esta sentencia se refiere a la ausencia de cualquier acuerdo, explícito o implícito, entre las partes a conspirar. Sin embargo, el entusiasmo de los miembros de la campaña de Trump por trabajar con personas vinculadas a un gobierno que mata a periodistas, encarcela a sus rivales políticos y recientemente ha logrado el primer acaparamiento de tierras en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, es algo que hay que tomar en cuenta cuando todo se pone en el mismo lugar.

Paul Manafort, encargado de la campaña de Trump, y quien estaba muy endeudado con un oligarca ruso, compartió datos de las encuestas internas con Konstantin Kilimnik, uno de sus empleados con sede en Kiev, con vínculos aparentes tanto con el oligarca como con la inteligencia rusa. Incluso Rick Gates, la mano derecha de Manafort, creía que Kilimnik era un “espía”. Eso no impidió que Manafort se reuniera con Kilimnik.

George Papadopoulos, asesor de política exterior que se declaró culpable de mentir a los investigadores federales, trató de informar a la campaña desde el principio que los rusos habían comprometido material sobre Hillary Clinton (nadie pensó que se lo contaría al FBI).

Donald Trump junior organizó la reunión con un abogado ruso que prometió “suciedad” para la candidata Clinton. Y, por supuesto, el propio Trump estaba interesado en el proyecto de la Torre Trump en Moscú hasta cinco meses antes de la elección, mientras al mismo tiempo presionaba por tener mejores relaciones con Moscú. Nada de esto fue ilegal, pero si los votantes lo hubieran sabido, podrían haber tomado una decisión diferente.

Debido a que no se presentaron cargos, Trump no tuvo oportunidad de limpiar su nombre en un juicio. Pero, continúa Mueller, “si tuviéramos confianza después de una investigación exhaustiva de los hechos, el presidente claramente no cometió obstrucción de la justicia, así lo declararíamos… En consecuencia, si bien este informe no concluye que el presidente cometió un delito, tampoco lo exonera”.

Para mantener una acusación de obstrucción se requieren tres cosas: un acto obstructivo, una conexión entre ese acto y un proceso penal real o contemplado, y una intención corrupta. Mueller está más cerca de acusar Trump de cumplir esas tres condiciones en el despido de James Comey, ex director del FBI, seis días después de que éste se negó a declarar públicamente que el presidente no estaba personalmente bajo investigación. Luego Trump le dijo al ministro de Relaciones

Exteriores ruso: “Me enfrenté a una gran presión debido a Rusia. Eso ya se acabó”.
Eso podría ser un acto de obstrucción porque, aunque no detuvo la investigación sobre los vínculos de su campaña con Rusia, pudo afectar la forma en que el sucesor de Comey llevó a cabo esa investigación. Pero Mueller deja abierto si el motivo de Trump fue un deseo de impedir la investigación o simplemente la ira de que un subordinado no hizo lo que se le indicó.

Torpes intervenciones

Tampoco es esa la única ocasión en que el presidente intentó influir en la investigación. Trató que el abogado de la Casa Blanca destituyera a Mueller y luego negara que había hecho esa solicitud. Intentó que Jeff Sessions, ex fiscal general, redujera los términos de la investigación de Mueller y anulara su recusación de supervisarlo. Trató de evitar la divulgación de correos electrónicos embarazosos. Pareció otorgar el perdón a Manafort.

Después de que Michael Cohen, su ex abogado, comenzó a cooperar con Mueller, Trump lo llamó “rata” e insultó públicamente a su familia. Como señala Mueller, “los esfuerzos del presidente para influir en la investigación casi no tuvieron éxito, pero eso se debe en gran parte a que las personas que lo rodearon se negaron a cumplir órdenes o a acceder a sus solicitudes”.

Si Trump simplemente se hubiera quedado callado y hubiera dejado que Mueller completara la investigación sobre los vínculos de su campaña con Rusia, la investigación de obstrucción nunca habría ocurrido. En cambio, intervino torpemente en muchas ocasiones, y permitió que el abogado acumulara un historial condenatorio de la truculencia, deshonestidad y desprecio del presidente por los investigadores federales.

Barr dijo en la conferencia de prensa que Trump “estaba frustrado y enojado por la creencia de que la investigación estaba minando su presidencia”. Y aunque todos los presidentes son hostigados y atacados por el partido opositor, ninguno en la memoria reciente ha respondido como lo ha hecho Trump. Barr también dijo que la Casa Blanca ha “cooperado completamente” con la investigación de Mueller.

Trump nunca aceptó ser entrevistado por el equipo de Mueller. En cambio, proporcionó respuestas por escrito a las preguntas, las cuales, dijo Mueller, eran “insuficientes… el presidente declaró en más de 30 ocasiones que no recordaba o rememoraba o tenía un recuerdo vago de la información solicitada. Otras respuestas quedaron incompletas o imprecisas”.

Barr también declaró que Mueller “no indicó que el propósito era dejar la decisión [si Trump obstruyó la justicia] al Congreso… era mi prerrogativa como fiscal general tomar esa decisión”. El informe de Mueller no es tan claro: “El Congreso tiene autoridad para prohibir el uso corrupto de la autoridad de un presidente…”.
Parece poco probable que el Congreso lo haga: el liderazgo demócrata en la Cámara de Representantes ha concluido que los procedimientos de juicio político podrían ser contraproducentes.
Y tampoco hay nada en el nuevo informe que repentinamente persuada a los republicanos en el Senado de abandonar al presidente.

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