Las redes y la libertad


#HuellaDigital | *Leo García (@leogarciamx)

En el inicio del auge del internet a mediados de los años noventa, los académicos, investigadores y demás pioneros de ese naciente internet veían con emoción el surgimiento de una nueva forma de llevar la información cada vez a más gente, creyeron que se había encontrado la manera de poner el conocimiento al alcance de quien lo quisiera, de todos, sin restricciones ni límites.

Se creyó que en consecuencia los años posteriores traerían “la sociedad del conocimiento”. Hoy parece que la experiencia nos dice que se equivocaron. O al menos por ahora parece todavía una meta lejana.

Internet no es un medio de comunicación, es un hipermedio. Conforme el avance de la tecnología lo permitió, a través de internet se hicieron de consumo masivo todos los formatos de contenido. Todas las formas de información se recodifican y se pueden conjuntar para ofrecer nuevos formatos y maneras de consumirlos.

Ahora no dependemos de un horario y lugar fijo para consultar el video del noticiario de la cadena estelar de televisión. Los periódicos se han visto obligados a llevar su contenido al formato digital, lo que permite que el usuario consulte aquello y sólo aquello que le interesa, a la hora y desde el dispositivo que quiera.

Pero además abrió la posibilidad al surgimiento de espacios que han permitido que prácticamente quien sea genere información y la ofrezca para consumo de las audiencias a las que antes sólo se podía llegar por los medios de comunicación masivos tradicionales.

Ejemplos de cómo la información y la manera de consumirla se ha trasladado a internet sobran. Pero hay un problema.
Quienes vieron en el futuro la posibilidad del surgimiento de la sociedad del conocimiento no previeron que antes que conocimiento lo que abundaría sería información. En internet sobra la información “de mala calidad”, en exceso, sin contexto, sin sustento, sin validación, tanta que el usuario promedio termina “infoxicado”, es decir, sin la capacidad real de la comprensión plena de todo el contenido que tiene a su alcance.

La información es un conjunto de datos que son útiles cuando toman significado o sentido. Esa información sólo se vuelve conocimiento cuando se puede comprender e integrar a la experiencia previa, valores, personalidad e ideas de quien la está recibiendo.

Y esto es uno de los principales elementos que potencializan el alcance y gravedad de uno de los mayores problemas del entorno social digital actual: la desinformación.

Es un asunto muy propio del ser humano, es el sesgo de confirmación. Sin los referentes necesarios, la información que se consume suele ser la que únicamente confirma los códigos preexistentes, solo confirma lo que ya cree saber y refuerza sus propias opiniones e ideas. Cuando aquello que cree saber está equivocado o es impreciso, al encontrar refuerzo con información disponible en internet cada vez hay menos necesidad de cuestionar y sólo crece el ciclo de refuerzo sobre el error.

Con el surgimiento de formas de interacción que se sustentan en la identificación de los intereses de los integrantes, de los usuarios, como ocurre con las redes sociales, el ciclo de desinformación pasa a ser además un problema social real. Terraplanistas, negacionistas del holocausto nazi o del cambio climático, los grupos antivacunas, los grupos antimigración, y tantas formas de identificación ideológica se refuerzan mediante el entorno social digital y llevan sus acciones fuera de la pantalla.

Hay un elemento adicional que se suma a estas nuevas formas de construir la realidad a partir de la interacción social digital y la “infoxicación” de sus integrantes: la intolerancia.

Como se ha explicado en textos anteriores, los grupos de usuarios afines que comparten intereses e ideas forman cámaras de resonancia que sólo se amplifican, pero se vuelven repelentes a ideas distintas, que los desafíen. Cuando dos esferas de interacción con ideas discordantes “chocan”, no sólo se repelen, sino que conforme crece el refuerzo que identifica a los integrantes de cada grupo, se pasa a una etapa de abierto “combate”, de un ejercicio de sofocar a las ideas contrarias. Así se generan los ciclos de polarización que crecen hasta extremos radicales y de intolerancia.

La intolerancia es precisamente lo opuesto a uno de los mayores fundamentos de la libertad, la tolerancia y el respeto a las ideas distintas.

La tolerancia en todos los sentidos es uno de los mayores fundamentos de la sociedad. Y es paradójico considerar que el alcance del internet, su facilidad de acceso, y el exceso de información nos está construyendo un modelo social, que no se limita a lo digital, intolerante, de posturas cerradas y radicales, que está coartando de manera “suave” la libertad.

La expectativa de lograr una sociedad del conocimiento gracias a internet no se puede descartar definitivamente, pero por ahora, primero se han formado grupos más cercanos a clanes o tribus hiperconectados y altamente “infoxicados”. Y que en el refuerzo de sus códigos de identificación no sólo se repelen, además se están combatiendo, en detrimento de nuestra libertad de ser, pensar y opinar.

Hagamos red, sigamos conectados.

*Leo García (@leogarciamx) es desarrollador web y analista de tendencias de Twitter.

Las opiniones expresadas en este artículo corresponden al autor y no representan necesariamente la postura de Quinto Poder.

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