La sonrisa de Andrea y el aliento de la vacuna en la triste pandemia
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La sonrisa de Andrea y el aliento de la vacuna en la triste pandemia

Este es un intento por describir el proceso que se sigue en la Biblioteca Vasconcelos de 9 de la mañana a 6 de la tarde para aplicar a los ciudadanos la vacuna AstraZeneca

Por Guillermo Cruz

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“¿Te molesto con tu comprobante de domicilio, por favor?”.

Ese fue el tercer contacto con una funcionaria involucrada en el proceso de vacunación en la Biblioteca Vasconcelos, en la Alcaldía Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Todas fueron mujeres, hasta ese momento, al menos en lo que a este ciudadano corresponde. 

La primera solicitó que mostrara la credencial del Instituto Nacional Electoral (INE) y verificó si la misma coincidía con el comprobante de domicilio, lo cual no ocurría. La segunda, tras caminar unos metros, indicó el camino al área de “Casos Especiales”, donde debía esperar a que se cotejaran los datos y ratificaran si la aplicación de la vacuna procedería. 

La espera transcurrió bajo una carpa, en una especie de “juego de las sillas” que ocurría al compás de la velocidad con la que los y las funcionarias resolvían los casos particulares de los ciudadanos que no ingresaban automáticamente a la biblioteca para ser vacunados. De una silla a otra, hacia la izquierda y después hacia adelante, avanzando a muy buena velocidad -como difícilmente se podría ver en una sucursal bancaria- y entonces llegó el turno de quien esto escribe, en una mesa con un mantel verde, con al menos seis espacios de atención. 

“¿Cuál es su situación?”, preguntó la funcionaria. 

“El nombre del comprobante de domicilio no coincide con el de mi INE, por eso me enviaron aquí”, respondí. 

“¿Tiene otro recibo disponible, de manera que pueda cotejar su identidad y domicilio?, no importa si lo tiene en versión digital”, indicó la servidora pública. 

“Por supuesto, tengo los recibos domiciliados que me llegan al correo y no imprimo, ¿puede ser uno de esos?”, respondí. 

“Sin problema, con eso bastará”, respondió. 

Entonces, nervioso, abrí el correo electrónico, busqué un recibo de servicio que tuviera mi nombre y domicilio, lo encontré, abrí y se lo mostré. Cotejó los datos y entonces empezó a llenar mi expediente de vacunación. 

Mientras la funcionaria lo hacía, la interrumpí. 

“Disculpe, ¿me permitiría conocer su nombre y tomarle una fotografía?, soy periodista y me gustaría documentar el trabajo que realizan”, dije. 

“Por supuesto, sin ningún problema, adelante, yo soy Andrea”, respondió. La tercera funcionaria. 

Enseguida me entregó el certificado de vacunación, me dijo que siguiera mi camino y las instrucciones de sus compañeros. 

En ese momento creí que podría solicitar el nombre de cada funcionario o funcionaria e integrante del personal médico involucrado, pero la fluidez del proceso de vacunación no me lo permitió. 

Tras el breve diálogo con Andrea, un Servidor de la Nación, que portaba un chaleco rojo, y otro joven, que vestía pants del Instituto del Deporte de la Ciudad de México -Indeporte- (con la leyenda ‘Soy tu promotor deportivo’ en la espalda’) indicaban a señas el camino a seguir para entrar a la biblioteca. Se podían tomar fotos, pero era imposible solicitar nombres, porque se entorpecería el flujo establecido para llegar a la vacuna.

Después, todo fluyó aún más rápido: otra funcionaria del Indeporte indicó hacia dónde encaminar; otra más, con un improvisado cartel azul, “dirigía el tráfico” de ciudadanos; otra más, también con su banderín, decía “adelante”, al tiempo que un elemento del Ejército establecía límites y advertía “nada más no puede grabar”. 

Al pie de la majestuosa vista interior de la biblioteca construida en el sexenio de Vicente Fox, y reconstruida casi enseguida ante la deficiente edificación de la misma, se observaban decenas de mesas cubiertas con manteles verdes -cubiertos con cartón o una especie de papel caple-, sobre las cuales yacían hieleras, jeringas, frascos con algodón, botes con gel antibacterial, algunos documentos y los correspondientes números de la mesa de vacunación.

Mientras el recorrido continúa y se observan los inmensos módulos de libros organizados en bloques que podrían moverse como piezas de Lego tal como ocurre en la cinta Inception, de Christopher Nolan, es imposible no voltear hacia arriba y contemplar ese paisaje tan iluminado, y enseguida volver la vista al frente, para guardar la distancia con el ciudadano más cercano, ubicarse próximo a la mesa de vacunación, contiguo a la silla donde la enfermera indica “esperen indicaciones por favor”. 

El silencio que se “escucha” así como el palpitar de los corazones que acaso sienten esperanza, ansiedad, miedo, alegría o emociones por definir, termina cuando la enfermera indica que será aplicada la vacuna AstraZeneca y muestra las jeringas, pide que se descubra “el brazo que se usa menos”, recomienda que “no se rasque el brazo, si existen molestias se tome un paracetamol de 500 mg y que si se toma algún tratamiento previo, no se suspenda”. 

Entonces, de manera coral, comienza el descubrimiento, casi generalizado, del brazo izquierdo. Por lo observado y escuchado, no hay manifestaciones de dolor, y si las hay, no fueron exteriorizadas. El proceso, mientras, es vigilado a distancia por integrantes del Ejército, con su distintivo amarillo del Plan DN-III en el brazo. 

Unos pocos minutos después de aplicada la dosis, invitan a los vacunados a ponerse de pie, se enfila a los recién vacunados hacia el fondo de la biblioteca, para el paso final del proceso: la observación y activación. De igual manera, en ese momento, funcionarios recogen la mitad del certificado de vacunación, misma que contiene nombre, domicilio, teléfono y CURP del ciudadano. En la observación, participan doctoras que usan batas de la UNAM, Poli y Universidad La Salle.

Entonces suena “I Will Survive”, la canción de Gloria Gaynor que suele ser imprescindible en muchas bodas y graduaciones. “Sobreviviré”, es el mensaje que se escucha de fondo mientras los estudiantes-funcionarios del Indeporte invitan a bailar a los recién vacunados, quienes imitan moviendo el cuello hacia arriba y hacia abajo, de izquierda a derecha y viceversa, aplaudiendo arriba y abajo. Algunos sólo ven el teléfono, otros graban, otros ni intentan bailar, otros ríen en el intento. 

Terminada la activación y tras la entrega del expediente de vacunación, los vacunados son encaminados hacia la salida de la Biblioteca, donde decenas de familiares aguardan a sus seres queridos: algunos viendo el celular, acariciando a la mascota, recargados en un auto o una pared, sentados en la banqueta o simplemente con los brazos cruzados. 

En la puerta de salida de la Biblioteca, termina la primera fase del proceso de vacunación. Es la primera dosis, el primer paso que ofrece una esperanza. Y entonces sólo queda voltear hacia atrás y ver ese edificio, nombrado en honor a José Vasconcelos, primer secretario de Educación Pública y sexto rector de la UNAM. 

Si Vasconcelos supiera que el libro más solicitado en la biblioteca nombrada en su honor, es el A. Baldor, de álgebra, y que la misma sería un centro de vacunación durante la pandemia más severa en lo que va del siglo XXI, ratificaría su dicho de que “la Universidad trabaje por el pueblo”. 

Andrea y cientos de personas más lo están haciendo, y sonríen, aunque no se les pueda ver el rostro. ¿Quiénes más deben de hacerlo y no lo hacen o no lo hacen como deberían?

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